Sudoeste de Estados Unidos: Maravilloso mundo en moto

Gran Cañon en moto

Dirk Schäfer quería reservarse los Estados Unidos como país de destino para más adelante. Al final, resulta que en poco tiempo visitó el país en dos ocasiones. Y le ha cogido el gusto: el gusto del Salvaje Oeste.

Gran Cañon en moto

No quería ir allí para nada. A los Estados Unidos. Bueno, me decía, puede que algún día vaya allí, cuando ya no pueda levantar la pierna para sentarme en la moto y hasta disfrute con una suave y mullida ruta en autocaravana. ¿Pero ahora? ¡Quita, quita! Como tantas otras veces en la vida de un hombre, la culpa de casi todo la tiene una mujer. En verano, Diana logró convencerme para hacer una ruta de vacaciones entre L.A., San Francisco y las Montañas Rocosas. Así, vagabundeamos sobre nuestras propias motos durante cinco semanas, de California a Nevada, Utah, Colorado y Arizona. Recorrimos un montón de carreteras alternativas y algo de offroad. Y resulta que… le cogí el gusto. ¡Esto es un parque de aventuras gigantesco! ¡Con un sinfín de kilómetros de pistas! Al final de nuestras vacaciones, no me cabía la menor duda: ¡tengo que volver allí lo antes posible!

Siete semanas más tarde, me veo sentado en la 12’ Rallye, recorriendo la perla del asfalto Highway No. 1 en dirección a San Francisco. Con el azul del Pacífico a la izquierda, y colinas parcas y cañones salvajes a mi derecha. Poco después de Big Sur, una pista se desvía hacia el interior del país. Me lo pienso unos segundos a pesar de que la BMW se apellida Rallye, resulta que se le pone calzado de calle. He de cambiar esto inmediatamente, me digo. Eso sí, no me quiero perder el placer de arremolinar el primer polvo de la pista de la vieja Coast Road. Más allá de la nueva carretera costera, el camino amarronado se sumerge en bosques inundados de sol, quebranta cumbres desiertas para desembocar en nuevos valles, cruza el río Little Sur, gira constantemente en direcciones siempre nuevas y me termina dejando en el legendario puente Bixby Bridge, de nuevo sobre el asfalto costero. Eso de sentir el groove de la 1200 ha sido sensacional. Incluso sin neumáticos de tacos… aunque… ¡tendré que hacerme con unos pronto!

Al otro lado de Sierra Nevada acabo de dejar atrás el pueblo de carretera Lone Pine. Pocos kilómetros  al oeste, una pista se bifurca hacia Alabama Hills. Aquí el propio John Wayne y un sinfín de equipos de rodaje de Hollywood ya levantaron grandes polvaredas. Si bien los tiempos del Salvaje Oeste ya pasaron a la historia, el fantástico paisaje entre la Sierra Nevada de cumbres blancas y el tórrido Valle de la Muerte siguen intactos. Un sinfín de pistas serpentean entre las islas compuestas de rocas de granito. Tengo la sensación de andar como Gulliver, de viaje recorriendo una sartén llena de patatas en juliana en versión gigante. Y hablando de patatas… ¡estoy hambriento!

Gran Cañon en moto

El Panamint Bar se encuentra, casi perdido, en el acceso occidental al Valle de la Muerte. La única compañía de este bar con encanto es la desangelada gasolinera de al lado. El sentido de la belleza arquitectónica aquí brilla por su ausencia, ya que uno solo se queda más tiempo si tiene aire acondicionado. O… si llega el invierno: ayer mismo vi la primera llegada de la nieve, en la cercana Sierra Nevada. El invierno llega, y lo que parece ser una desventaja, resulta ser todo lo contrario: tengo a mis pies las pistas del Valle de la Muerte. En especial, las que van del cráter Ubehebe hasta el Racetrack Playa, donde grandes rocas de toneladas de peso se desplazan como quien no quiere la cosa sobre un lago evaporado. En el bar, me abastezco rápidamente de agua y algunos snacks, y me vuelvo  a poner en marcha. Pero, ¿y los neumáticos de tacos? Para conseguirlos tendré que esperar hasta Las Vegas. Entonces, ¿tengo que dejar de lado eso de disfrutar de esta maravilla de la naturaleza?

En el borde del cráter del Ubehebe termina la línea de asfalto, y una tabla de madera pide amablemente que a partir de aquí solo pasen vehículos con tracción integral. ¡Toda una invitación acorde con mis gustos! Con un ligero drifteo, tomo la primera curva larga. ¡Ou yeah! Tras el primer chute de alegría, la pista se encorva con grandes pedruscos. Los “pellejos” de mis neumáticos tienen el mismo agarre que unas salchichas en una sartén de teflón. Y además, resulta que ahora la pista está totalmente destrozada. Desviar las vastas piedras es imposible, y además poco recomendable. La basta grava junto a la pista y numerosos cactus están deseando castigar a los incautos con un par de buenos pinchazos sobre la piel. De repente, las toscas piedras se convierten en una cómoda chapa ondulada. ¡Allá vamos! Avanzo apaciblemente a una velocidad superior a 60. Breve parada en la Teakettle Junction: en el prominente indicador de camino del cruce de la pista veo unas 50 teteras colgadas. ¿Quién demonios llevará su tetera a una pista como esta? ¿Y por qué se harta uno de la suya justo en este lugar?

Una isla negra sobre una base de color amarillo  pálido anuncia la Racetrack Playa. El nombre da lugar a confusión, ya que sobre el fondo del lago evaporado no hay ni rastro de una carrera. Son las piedras que se deslizan por la planicie bajo el deshielo invernal y los intensos vientos las que le han dado este nombre. Detrás de mí la estela de polvo se va reposando, y yo me dirijo a pie hacia los bloques de piedra y sus profundos surcos, ya que conducir por la superficie filigrana lógicamente está prohibido. No tengo que andar muy lejos para llegar a la primera roca. Llama la atención la longitud de la pista que queda tras la misma. No lo puedo explicar bien, pero las piedras irradian una especie de magia que logra cautivarme hasta que las largas sombras del sol poniente se ponen sobre el fondo del lago. ¡Genial…! A oscuras, vuelvo hacia la pista a trompicones y respiro hondo al lograr llegar a la carretera de alquitrán junto al cráter Ubehebe. Y sigo sin mis neumáticos de tacos.

Gran Cañon en motoDías más tarde: Las Vegas solo me ha costado unas pocas monedas de juego. Sin embargo, la Enduro ahora ya rueda con categoría, con neumáticos TKC80. ¿Y dónde encuentro ahora la siguiente gravilla? Pruebo suerte en la Kodakchrome Road, que queda al sur de Cannonville. ¡Aha! ¿Pero qué  sensación de conducción tan fantástica es esta? Se acabó eso de tener que andar maniobrando con el manillar, se también eso del deslizamiento continuo. Sobre la pista en dirección a Big Water la GS va ronroneando sin problemas. ¿Me he perdido? Imposible. Las cadenas montañosas orlan el trayecto como si fueran una mandíbula rebosante de dientes. La hierba seca de la pradera revolotea por el aire. Más Salvaje Oeste imposible, vamos. ¿Y una conducción más increíble? Difícil de imaginar. Y sin embargo…

Me detengo para repostar en Big Water. Pregunto por el estado de las pistas rumbo a Escalante. “Not bad. But don’t make any mistakes, dude!”, me aconseja el empleado de la gasolinera. “Hay grandes tramos en los que no hay cobertura de móvil y apenas pasa nadie por allí”, continúa. Bueno, la gasolina seguro que es suficiente para recorrer los 170 kilómetros. Agua, snacks… ¡y vuelvo a la carretera!

Un pequeño vado detrás de Big Water marca la subida a la pista. Inmediatamente, el paisaje adquiere un aire que podría ser islandés: montañas erosionadas de forma fantástica, subidas propias del Assekrem, macizos de escasa vegetación y cañones de ranura de estrechez irritante. No es de extrañar que todo esto sea reserva protegida: estamos ante el Monumento Nacional de Grand Staircase. “Paradise is here”, recitaba Tina Turner el siglo pasado. Probablemente la cantante de la gran melena no conocía para nada este paraíso del enduro. Mejor así. Porque, en caso contrario, seguro que la pista sería transitada por mucha más gente.

En el Escalante, más bien previsible, la alfombra negra vuelve a estar bajo los neumáticos, y en el Escalante Outfitters Cafe me dispongo a dar cuenta de una pizza como Dios manda. Acompañada de una botella de Brainless Belgian Beer. La verdad es que al jugo de cebada no le falta tanto cerebro como anuncia su propio nombre. Solo tras haberme bebido tres de estas botellitas empiezo a tener la sensación de que actúan sobre mi cerebro. Pero bueno, en realidad ahora ya no importa. Ya estoy tumbado en la tienda y me pregunto por qué no habré ido a visitar el Suroeste de los Estados Unidos mucho antes. Y mañana… iré a por más pistas.

 

 

Texto y fotos: Dirk Schäfer en la revista Travel Time de Touratech.

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Touratech Team


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